martes, 18 de septiembre de 2012

El cariño no se gasta...






Iva Morris - Mexicana
"Con la vista perdida en el patio, un día de lluvia como tantos otros, la tía Fernanda dio por fin con la causa exacta de su extravío: era la cadencia. Eso era, porque todo lo demás lo tenía del lado donde debía tenerlo. Pero fue la maldita cadencia lo que la sacó de quicio. La cadencia, esa indescifrable nimiedad que hace que alguien camine de cierto modo, hable en cierto tono, mire con cierta pausa, acaricie con cierta exactitud. Si hubiera tenido un cinco de cerebro para intuir ese lío, no hubiera entrado en él. Pero quién sabía en dónde había puesto la cabeza aquella vez, ni de dónde había sacado su papá aquello de que por encima de todo el hombre es un ser racional. O sería que al decir hombre, no quería decir mujer. Vivía alterada porque nunca esperó tal disturbio. Alguna vez había ensoñado con cosas que no eran la paz de sus treinta paredes y su cama de plumas, pero nunca se dio tiempo para seguir tan horrorosas ideas. Tenía mucho quehacer y cuando no lo tenía, se lo inventaba. 
Iva Morris


Tenía que enseñar catecismo a los niños pobres y costura a sus po-bres mamás, tenía que organizar la colecta de la Cruz Roja y bailar en los bailes de caridad, tenía que bordar servilletas para cuando sus hijas crecieran y se casaran y mientras se casaban, tenía que hacerles los disfraces de fantasía con los que asistir a las fiestas del colegio. Tenía que llevar al niño a buscar ajolotes en las tardes, hacer la tarea de aritmética y saberse reprobada cuando hacían la de inglés. Además, tenía juego de bridge con unas amigas y encuentros de lectura con otras. Por si fuera poco, hacía el postre de todas las comidas y cuidaba que a la sopa no le faltara vino blanco, la carne no se dorara demasiado, el arroz se esponjara sin pegarse, las salsas no picaran ni mucho ni poco y los quesos fueran servidos junto a las uvas. Por ese tiempo, los maridos comían en sus hogares y luego dormían la siesta para que la eternidad del día no les pesara a media tarde. Por ese tiempo, en las casas había desayunos sin prisa y delicias noctur-as como el pan dulce y el café con leche.
Lograr que todas esas cosas sucedieran sin confusión, y ser de paso una mujer bienhumorada, era algo que cualquier marido tenía derecho a esperar de su señora. Así que la tía Fernanda ni siquiera pensaba en sentirse heroica. Tenía con ella la protección, la risa y los placeres suficientes. Con frecuencia, viendo dormir a sus hijos y leer a su marido, hasta le pareció que le sobraban bendiciones.
¡Cómo iba a querer algo más que ese tranquilo bienestar! De ninguna manera. A ella, la cadencia le había caído del cielo. ¿O del infierno? Se preguntaba furiosa con aquel desorden. Pasaba toda la misa de nueve discutiendo con Dios aquel desastre. No era justo. Tanta prima solterona y ella con un desbarajuste en todo el cuerpo. Nunca pedía perdón. ¿Que culpa tenía ella de que a la Divina Providencia se le hubiera ocurrido exagerar su infinita miseri-cordia? No necesitaba otro castigo. No tenía miedo de nada, lo que le estaba pasando era ya su penitencia y su otro mundo. Estaba segura de que al morirse no tendría fuerzas para ningún tipo de vida, menos la eterna. Sus encuentros con la cadencia la dejaban extenuada. Era tan complicado quererse en los sótanos y las azoteas, dar con lugares oscuros y recovecos solitarios en esa ciudad tan llena de oscuridades y recovecos que nunca eran casuales. ¿Cómo saber si eran seguras las escaleras de una iglesia o el piso de una cava cuando ahí a cualquier hora era posible que alguien tuviera el antojo de emborracharse o llamar a un rosario? Estaban siempre en peligro, siempre perdiéndose. Primero de los demás, luego de ellos. Cuando se despedían, ella respiraba segura de que no querría volver a verlo, de que se le había gastado toda la necesidad, de que nada era mejor que regresar a su casa dispuesta a querer a los demás con toda la vehemencia que la locura aquella le dejaba por dentro. Y volvía a su casa tolerante, incapaz de educar a los niños en la costumbre de lavarse los dientes, dispuesta a decirles cuentos y canciones hasta que entraran en la paz del ángel de la guarda. Volvía a su casa iluminada, iluminada se metía en la cama, y todo, hasta el deseo de su marido, se iluminaba con ella. -Es que el cariño no se gasta -pensaba-. ¿Quién habrá inventado que se gasta el cariño?  ".-

Fragmento de: "Mujeres de ojos grandes" 
Angeles Mastretta


Iva Morris - Mexicana


















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