domingo, 23 de septiembre de 2012

El objeto del deseo...

Takahiro Hara


Releyendo a Mario Vargas Llosa en su libro "La civilizaciòn del espectáculo", sustraigo su idea de que la banalizaciòn de la cultura  -que fundamenta esta obra - llega incluso a los lìmites de las relaciones ìntimas, perdiendo todo encanto y misterio, convirtièndose en un acto animal y casi deportivo, en que se aparta de  todo intento de erotismo y conquista, alejándose de su esencia humana caracterìstica.-
Y entonces me pregunto: què largo camino ha recorrido la mujer en el intento de adueñarse de su cuerpo, del erotismo implicito en él, para llegar a este siglo XXI en que tantas cosas se nos prometieron, para encontrarnos con que ya casi no vale nada, nada atrae  y tanto se ha desvirtuado?
Es una pregunta de largo aliento como  para pretender responderla de cabo a rabo, pero sì podemos intentar aproximarnos al menos, a visualizar ese proceso de conquista de nuestro propio cuerpo y lo que nos ha costado.- Lamentablemente, soy conciente de que la mirada se verá limitada por la geografìa y la propia historia y sus registros, ya que poco sabemos de esa lucha en las Americas y sus mujeres, previo a la acciòn conquistadora de Europa, y el tema se vuelve inmenso, de gran extensiòn si nos fijamos en el Oriente misterioso y lejano; asi que  miraremos a las mujeres de Occidente en general.

Convengamos desde ya que la visualizaciòn de la  mujer siempre ha sido teñida de una doble moral, dado que los ámbitos públicos y privados pueden estar tan divorciados que se nos pierda la realidad ùltima de los procesos sociales y culturales en que se inserta la mujer y la conquista de su cuerpo.-
Desde la Edad Media en que la mujer era un bien para el Señor, resguardado y secreto, fuente de procreaciòn y con ella la legalidad y perpetuidad de la heredad, la mujer llegò al siglo XVII gozando de franquicias morales gracias a la oblicua condescendencia de padres y  maridos más preocupados por ganar los favores de otros varones, dueños de mayor potestad, a los que estaban obligados a rendir pleitesìa. Ejemplo de esto fue la aristocracia francesa, cuyas cortesanas representan un segmento que se caracterizò por no eludir los contactos sexuales, a menudo impulsados por los propios cónyuges.-  Es en ese mismo escenario en donde el estallido de la Revoluciòn Francesa y la extinciòn de los privilegios de la aristocracia, significò el ascenso de la burguesia y el reconocimiento de los derechos individuales, concretados en la soberanìa de los hombres, pero no asì de las mujeres, siempre sujetas a otras medidas más estrechas y controles sociales muy severos. La nueva clase que surgiò en las calles de Paris al grito de "Libertad, Igualdad y Fraternidad", no alcanzò al género femenino, quienes se vieron sometidas a un estricto còdigo de moral sexual, apegado al principio de que el sexo se legitimaba con fines reproductivos, a lo que se le agregò el incomodìsimo concepto de que una mujer decente no conocìa ni el deseo ni el placer.
Claro, debemos decir que - convenientemente - no se divulgò la "Declaraciòn de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana", calcada sobre la "Declaraciòn de los Derechos del hombre y del ciudadano" de 1789, en la cual quien se atreviò a hacerlo - Marie Gouze -afirmaba la igualdad de derechos de ambos sexos, comenzando con estas palabras: "Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta?"  Junto a eso se animò a realizar planteamientos sobre la supresiòn del matrimonio y la instauraciòn del divorcio, la idea de un contrato anual renovable entre concubinos y militò por el reconocimiento paterno de los niños nacidos fuera del matrimonio. Esta mujer que defendiò la igualdad entre el hombre y la mujer en todos sus aspectos, el derecho al voto, al trabajo pùblico, a hablar de temas polìticos en público accediendo a la vida institucional de su pais, a formar parte del ejército y a poseer y controlar propiedades, el derecho a la igualdad fiscal y a la educaciòn, fue aguillotinada el 3 de noviembre de 1793, luego que lo fueran sus amigos girondinos.  De ella nadie nos hablò en las aulas, como asi tampoco de  la mano de obra femenina que no atentaba contra la familia y las buenas costumbres, siempre y cuando alimentara la maquinaria en tiempos de crisis. La pobreza, la explotaciòn laboral, el acoso y el hostigamiento continuaron afectando a las mujeres, hasta hoy en dìa, no es novedad para nadie.
LLegamos asì al siglo XIX con una severa moral sexual impuesta por la triunfante burguesìa, facilitadora  de la conducta sexual de los varones a su antojadizo deseo. La doble moral masculina ejercìa un rìgido orden y control sobre las mujeres de la familia, pero la borraban cuando sometìan sexualmente a otras, comenzando por criadas y empleadas.

Ronald Delcol
Es en este escenario de moral falsa y grandilocuente que  nace el movimiento feminista del siglo XIX, apegado a la idea de que la sexualidad era una manifestaciòn penosa, tal vez una anomalìa, un atributo del patriarcado que debìa, por lo menos, inhibirse. Esas primeras manifestaciones feministas estan lejos de concebir como un derecho el placer sexual y, por otra parte, el pensamiento dominante en ese momento sostenìa la anestesia sexual femenina.  Tanto es asi, que las voces más autorizadas declaraban que las mujeres educadas y refinadas, apenas conocìan los disfrutes de su sexualidad, reservados en todo caso, a las mujerzuelas iletradas que estaban poco menos que cercanas a la animalidad. La gran mayorìa de las primeras feministas, llegaron a repudiar la propia sexualidad en el entendido que era su manera de enfrentar las prepotentes conductas masculinas y como repudo al forzamiento de los actos sexuales que sufrìan tantas mujeres, al acoso que no distinguìa ambientes pero que era mucho más extendido en fábricas y talleres. Todo esos elementos y actitudes, explica el hecho de que en Inglaterra se crearon leyes que penalizaban la sexualidad, entre las que se encontró la condena a la homosexualidald, solicitada tambièn por las feministas. En todos los paises en que se dio la lucha feminista, la sexualidad y el erotismo de las mujeres como faceta ineludible y constitutiva de su liberaciòn, no estuvo incluida en ninguna plataforma de reivindicaciones.
Mucha agua debiò pasar por el rìo de la historia, dos grandes Guerras Mundiales y sus consecuencias socio-econòmicas y culturales, llevan a que en los años  60, recièn, surja una "nueva ola" de transformaciones. El deseo sexual y su satisfacciòn se entronizan y liberan de la mano de la pastilla anticonceptiva, y los variados retos a los que se enfrenta la mujer, fueron formulando el derecho al goce del cuerpo luego de su conquista.
Ese tema sigue estando en el espacio privado, ya que si bien se ha ganado un vasto terreno en cuanto a los derechos sexuales y reproductivos gracias al motor de la lucha feminista, el cuerpo de las mujeres sigue en manos del Estado, del templo, de la iniciativa privada, de su pareja sentimental y de las costumbres.
Los contrastes se dan en el mundo coexistiendo y  llamándonos a reflexiòn; desde las niñas que viven en los campos de Mauritania, obligadas a conseguir marido y ser un sìmbolo de opulencia, q ue  no se diferencian de otros casos no menos brutales, como las chicas anoréxicas y bulìmicas de nuestra sociedad que esclavizan su cuerpo sujetándolos a cànones de belleza y patrones de publicidad malsanas y deformantes; la mutilaciòn femenina que nos enrostra a las mujeres occidentales la total ausencia del clìtores en nuestros libros de anatomía.  Cuando catalogamos de "barbarie" la violaciòn de los derechos humanos en otras culturas, deberia motivarnos la indignaciòn y la denuncia, pero tambien deberìan representar la oportunidad de pulir una mirada que nos facilite la autocrítica.
Las mujeres, en todas las latitudes, crecemos en la convicciòn de que es indispensable modificar nuestro cuerpo para hacerlo apetecible, para agradar al otro, para complacer. Siempre hay algo que sobra (en occidente: vellos, grasa, arrugas, celulitis), y algo que sobra (tambien en occidente: pechos generosos, aromas delicados, maquillaje, ropa de moda).-
Eric Wallis
El mensaje subyacente no cambia como la geografìa:  nadie nos va a querer tal como somos, nadie querrá casarse con nosotras. En ese discurso que parece universal a estas alturas, valores como el amor, el respeto, la dignidad, el bienestar, bajo el tramposo disfraz de la vida en pareja, quedan condicionados por la imagen. Las mujeres tenemos siglos de experiencia en esta materia, y conocemos muy bien la doble moral que hace de nuestro cuerpo el mejor regalo y el peor castigo a la vez. El cuerpo y su imagen son el salvoconducto o la condena en diferentes etapas de la vida: ser delgada u obesa, pudorosa o coqueta, mesurada o promiscua, discreta o liberal.  El cuerpo y su biologìa nos marcan a los ojos de la sociedad a traves del tamiz de la sexualidad:  nuestro ánimo, temperamento, caracter, se supone, se explican por simple fisiologìa y no escapamos a los comentarios burlones sobre nuestra naturaleza. 
Desde las jòvenes marginadas que deben someterse a una prueba de embarazo dentro de la empresa en que trabajan bajo amenaza de perder su trabajo (Filipinas, por ejemplo) si se niegan o se comprueba su estado, hasta la vice presidenta española o la presidenta argentina, a quienes se mide primero y fundamentalmente por su atuendo o cuán bien cumplen con su  rol de esposa o madre; el criterio para calificar a toda mujer, pasa, antes o despues, por su cuerpo. En una doble perversiòn se nos hace creer que que somos cuerpo y poco más, pero no se nos enseña a adueñarnos de ese cuerpo, a habitarlo y vivirlo en libertad. Libertad de elegir cuàndo, còmo y con quién arroparlo, disfrutarlo, desnudarlo, cuidarlo, compartirlo y quererlo como vehìculo para desplazarnos y comunicarnos con el mundo.

El camino se hace andando, no hay otro modo; y a veces - cuando nos detenemos a reflexionar -  nos damos cuenta que ese sendero es muy sinuoso, que no siempre avanzamos, que en ocasiones retrocedemos y lo que hoy parece una conquista, mañana puede ser apenas asomarnos a un abismo que no imaginamos. 
Nuestro cuerpo es lo más cercano que  tenemos, es - o deberìa serlo al menos - nuestra propiedad más preciada; aprender a valorizarlo es nuestro derecho y nuestro deber. El goce, el disfrute sexual asumido como nuestro derecho, unido vigorosamente a nuestro primigenio derecho a la  Vida, como mujeres y como personas.-

Fuentes: Dora Barrancos,Investigadora y  profesora consultora de la UBA - Argentina.-
              Atenea Acevedo - Columnista


Phillip Glastone




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