domingo, 23 de septiembre de 2012

Negaciòn y Certidumbre



Alberto Pancorbo 

Al volver a leer este texto del poeta español, Luis Cernuda, a la luz de los años, la experiencia y toda la vida que por mì ha pasado a traves de ellos, creo redescubrir a este hombre que buscò desesperadamente su lugar en el mundo, partiendo de la ilusionada y segura  niñez hasta la muerte en el exilio, incomprendido y rechazado por muchos, admirado y elogiado por los espìritus libres que percibieron el llanto detrás de cada palabra, el arte poética en cada verso. En este texto en particular, en que parece abandonar toda esperanza,  hoy siento que es uno de sus momentos de mayor hondura religiosa, en que nos trasmite todas las decepciones, todas las búsquedas insatisfechas y los deseos traicionados. Su ùltimo refugio de permanencia fue Dios, luego de recorrer su propio camino al Calvario..., y la negaciòn desde el dolor, desde la desesperaciòn...Quièn alguna vez no Lo ha abandonado?  quièn, como Pedro, no Lo ha negado ?  Desde la  hondura de  las profundidades del alma y de la carne, de esta horfandad desde el abismo, solemos levantarnos asidos a Aquello mismo que perdimos por un momento, la FE.-




"Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. Todo contribuía alrededor mío, durante mis primeros años, a mantener en mí la ilusión y la creencia en lo permanente: la casa familiar inmutable, los accidentes idénticos de mi vida. Si algo cambiaba, era para volver más tarde a lo acostumbrado, sucediéndose todo como las estaciones en el ciclo del año, y tras la diversidad aparente siempre se traslucía la unidad íntima.
Pero terminó la niñez y caí en el mundo. Las gentes morían en torno mío y las casas se arruinaban. Como entonces me poseía el delirio del amor, no tuve una mirada siquiera para aquellos testimonios de la caducidad humana. Si había descubierto el secreto  de la eternidad, si yo poseía la eternidad en mi espíritu, ¿que me importaba lo demás? Más apenas me acercaba a estrechar un cuerpo contra el mío, cuando con mi deseo quería infundirle permanencia, huía de mis brazos dejándolos vacíos.
Después amé los animales, los árboles (he amado un chopo, he amado un álamo blanco), la tierra. Todo desaparecía, poniendo en mi soledad el sentimiento amargo de lo efímero. Yo solo parecía duradero entre la fuga de las cosas. Y entonces, fija y cruel, surgió en mí la idea de mi propia desaparición, de cómo también yo me partiría un día de mí.
¡Dios!, exclamé entonces, dame la eternidad. Dios era ya para mí el amor no conseguido en este mundo, el amor nunca roto, triunfante sobre la astucia bicorne del tiempo y de la muerte, Y amé a Dios como el amigo incomparable y perfecto.
Fue un sueño más, porque Dios no existe. Me lo dijo la hoja seca caída, que un pie deshace al pasar. Me lo dijo el pájaro muerto, inerte sobre la tierra el ala rota y podrida. Me lo dijo la conciencia, que un día ha de perderse en la vastedad del no ser. Y si Dios no existe, ¿como puedo existir yo? Yo no existo ni aun ahora, que como una  sombra que arrastro entre el delirio de sombras, respirando estas palabras desalentadas,testimonio (¿de quién y para quién?) absurdo de mi existencia.
Luis Cernuda 
de "Ocnos".-

Alberto Pancorbo 



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