domingo, 16 de diciembre de 2012

Ludmila Curilova, princesas desconocidas

Convengamos que todas las mujeres somos Reinas... 
Convengamos que todas las mujeres lo sabemos, aunque no todas lo expresamos..., por eso cuando me enfrenté a las Damas de Ludmila Curilova, supe que ese era el punto de contacto entre ella, una mujer nacida en una ciudad del este de Rumania,  y yo.
Tuvo Ludmila la suerte de nacer en el seno de una familia dedicada por entero al Arte, en un ambiente de plena creatividad, fomentadora de sus tempranas inquietudes artìsticas.
Padre y Madre vinculados al Teatro Nacional Maldova de Opera y Ballet, el primero como escenògrafo y la segunda como bailarina, fueron los mentores de la niña que siempre encaminò sus pasos hacia el mundo de color, texturas y movimiento que fueron su cuna.
Cuando jovencita, su pasiòn la llevò a estudiar en la Escuela Superior de Arte, y allí enriqueciò su técnica, conociò variados estilos y medios de comunicaciòn, fusionándolos con su espìritu y aquello que deseaba expresar.



Lo que me ha atraido es la atmòsfera que crea y comunica en sus cuadros,  lo  hace a  traves de una  luminosidad sabiamente fundada en colores evanescentes, trazos cortos  y dibujo minucioso.



Ludmila - en mi entender -  guarda en su pincel la magia de su niñez, de mundos de ensueños en donde las princesas existen para ser admiradas, mantenièndose alejadas de la realidad. Existen  ineludibles razgos folklòricos en ella,  hasta diria que por momentos se fuga en el tiempo y abandona geografìas conocidas, para rescatar la atmòsfera de otras mujeres en otras circunstancias.  Estas tres mujeres en torno a una mesa, están rodeadas de una pátina  dorada que se irradia desde el fondo del cuadro, iluminando las figuras de razgos y estilos bizantinos, ataviadas y enjoyadas como solian hacerlo las damas de la corte del viejo Imperio.-



Las posturas son siempre lánguidas, las manos descansan en sus regazos,  abandonadas de toda tarea que no sea su propia laxitud.  "Todavia creo en cuentos de hadas. Una de mis expresiones favoritas es que cada mujer lleva una princesa en su interior", nos dice Ludmila. Y de verdad eso es lo que captamos en sus cuadros en donde los personajes tienen una evidente impronta romántica, son encantadoras y subyugan a pesar de la indiferencia de sus ojos siempre  cerrados o manteniendo baja la mirada.




Casi todas las mujeres pintadas por Ludmila tienen la cabeza cubierta, o por un sombrero, una corona, una diadema o aquel detalle que las destaca. Las joyas son filigranas exquisitas que le deben haber insumido varias  horas de trabajo minucioso y detallista, asi como tambièn las telas de sus vestidos o mantos. Los colores son variados, pero todos subordinados a la dama de cada cuadro.  
Los elementos que las acompañan son escasos, pero que hacen a la escenografìa como complemento que se plega a la postura de la mujer, a sus ropas y estilo indicadores de una época o nivel social.





Esta dama entre mullidos almohadones, no sabemos si descansa o simplemente se encuentra allí  para ser admirada. La escenografia y el vestuario nos lleva fuera del folklore que alimentò otras pinturas  de Ludmila.
En el año  2001 Ludmila se instala en Canadá con su familia  y comienza otra etapa para su vida personal y artìstica."Uno de mis mayores deseos es ver gran parte de nuestro mundo, tanto como sea posible y Canadá es un paìs que realmente me da una posibilidad junto con una vida estable y un futuro para mi familia".   



Las Damas están siempre solas, la presencia masculina es obviada. Hieráticas e imperturbables, posan ante nuestra mirada desafiando a  la imaginaciòn que se siente tentada de inventarles historias.





Ricamente vestidas o adornadas con sencillez,    no pierden la compostura estableciendo distancia entre ellas, su lugar en el mundo del cuadro, y el observador.




Son mujeres de ciudad, de salòn, de corte... son princesas solitarias que no se permiten mirar más allá de sus ropajes  y ricas joyas,  son frìas a pesar del  cálido cromatismo y  luminosidad con que las rodea su creadora.  Las flores que alguna sostiene entre sus manos, no las aparta del frio; la barra del bar en que se apoyan displicentemente, está solitaria, no hay invitados al convite del diálogo, la risa y el calor.
Son mujeres destinadas a cumplir el rol de princesas con exclusiòn de emociones y sentimientos.
Ludmila Curilova  les infunde alma de princesas, innegablemente, pero me impide sentir què cosa late detrás de esos ropajes, más allá de la frialdad de las joyas, sin poderlas mirar a los ojos.




Al final,  y sin negar la belleza que trasmiten, no creo sean éstas las Reinas que conozco ...!












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